Un día para olvidar {Tribulaciones de Enhiro}
30 de Junio, 2005 por enhiroEl autobús asoma al final de la calle. Es la señal que estoy esperando para sacar el bonobús. Instantes después se detiene frente a mí. Como no fui el primero en llegar a la parada me hago a un lado para que pasen el par de personas que me preceden, pero ellos me miran, sin dar un paso, con cara de “sube chaval, que somos tres”, así que eso hago. Le muestro mi bono al conductor, que esta averiado y hace medio mes que las máquinas no son capaces de leerlo. Pero él me conoce y, como todos los días, me hace un gesto para que pase, sin siquiera mirarlo. Recorro el estrecho pasillo del autobús y me siento hacia la mitad, más o menos por donde acostumbro a sentarme siempre en ese autobús, uno de los más viejos de la flota. De mis compañeros de parada, a uno le pierdo el rastro hacia el final y la otra se sienta al otro lado del pasillo, cerca de mí.
El autobús sigue su camino recogiendo a la gente del barrio. Ahora que han terminado las clases, hay bastante menos esperando el autobús. Dos o tres paradas después de la mía se monta una mujer que conoce a la que subió conmigo, y se sienta junto a ella. Comienzan a hablar, de repente, un fragmento de su conversación me saca del ensimismamiento en que estoy sumido, escucho algo así como “…dos muchachos de veinte años del barrio se pelearon ayer, y uno ha muerto por una patada en el pecho que le ha dado el otro…”,“al parecer uno de ellos salía con la exnovia del otro, y se encontraron los tres en la plaza nosecual…”. El autobús sale del barrio y acelera, el ruido del motor hace que no pueda oír más.
Media hora después estoy entrando por la puerta del trabajo, el aire acondicionado está puesto, pero lo que sale de la rejilla no es precisamente una brisa vivificante. Más bien parece que alguien ha enlazado la ventilación del infierno con el circuito de aire acondicionado del edificio. Calculo que en algún momento entre las doce y la una allí no va a haber quien pueda trabajar. Suelto mis cosas y me siento, introduzco mi usuario y mi clave y empiezo a trabajar. Al rato salta un aviso del outlook *tirorin*, miro a ver que es y me encuentro con el mensaje de todos los meses ¿a que todavía no has rellenado las hojas de trabajo?, ¿ein?, endeveeeeeeeeee. Tengo que hacer dos, una para mi empresa, otra para mi otra empresa, la que me subcontrata, afortunadamente no tengo que hacer otra también para la empresa cliente. Uno es así, da de comer a tres empresas, para que luego digan.
Accedo a la Intranet de la primera, pincho en Hoja de Trabajo, la relleno, pulso el botón de consolidación y…, y…, Y…, Lo sentimos, el tiempo de espera para la página actual ha expirado. Lo intento varias veces, con idéntico resultado, me doy por vencido y llamo a la empresa, para informar del motivo por el que no va a estar a tiempo la hoja.
A la una, como esperaba, hace un calor insoportable. Y quedan dos horas, que habrá que pasar como mejor se pueda. Por alguna extraña razón, el tiempo que tardan en pasar los minutos en el reloj de la esquina inferior derecha del ordenador se estira. Todo se hace más lento, cuando antes pasaba un cuarto de hora, ahora pasa un minuto.
Por fin, las tres, hora de irse. Bueno, en realidad las tres menos cinco, pero que nadie se queje, que fui el primero en llegar. Como poco, le saco tres minutos de ventaja al que menos de mis compañeros largándome en ese momento. Además, ese tiempo me ahorra veinte minutos en la vuelta a casa. Es lo que tiene quince años de ir y venir en la misma linea de autobús, que uno acaba cogiéndole el truco.
Estoy en la parada, bajo un sol de injusticia, que es el que hace en Sevilla a esa hora del día. El autobús no se hace esperar y resopla por la avenida, tras la valla de las obras del metro. Junto a mí hay varias personas esperando el de Alcalá. Su conversación se abre paso entre la cacofonía de ruidos y pensamientos de mi mente… “esta mañana el autobús ha tenido un accidente, mi hija estaba montada, bajando la cuesta de salida del pueblo el autobús se ha quedado sin frenos y se ha estrellado contra un quitamiedos, que lo ha frenado…”.
Llega el autobús, de nuevo para frente a mí, y subo. Poco antes de llegar al barrio, a la altura del Carrefú de San Pablo, veo justo debajo de mi ventana a un chaval conduciendo un ciclomotor. Frena y ponte detrás, tío, que estás en el ángulo muerto y el autobús va a dejar esta carretera por tu lado dentro de doscientos metros, o te quitas o te lleva por delante”, pienso. Pero el motorista acelera al ver el intermitente del autobús, intentando adelantarlo por la derecha. Como esperaba, el conductor no lo ve, e inicia la maniobra. Mientras pienso en la mejor forma de avisarle de la presencia del motorista sin asustarlo una mujer, que también se ha percatado, le pega una voz: CUIDADO CON LA MOTO. El conductor reacciona, mira a su derecha y ve el ciclomotor. Pega un frenazo y la moto pasa de largo, ha faltado muy poco. Todo queda en un susto.
El tío del ciclomotor, lejos de darse cuenta de que se ha puesto en peligro el solito intentando adelantar por la derecha al autobús, mira al conductor incrédulo y le pregunta, con gestos si está loco.
Llego a casa, me cambio de ropa y me siento a la mesa. Mi madre me comenta… “¿te has enterado de la noticia de un hermano que ha matado a otro…?”.
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