Hace unos ocho años me diagnosticaron un queratocono bilateral, que significa en cristiano que tengo las corneas de ambos ojos en forma de cono. Supongo que rarito que es uno, no podía tener miopía, no, tenía que tener las corneas en forma de cono. El sacacuartos del oftalmólogo me dijo que había dos opciones, lentes duras o trasplante de cornea si las primeras no daban resultado, nada de gafas ni tonterías de esas.
Así que yo, que siempre le había tenido pánico a acercar cualquier objeto a menos de diez centímetros de mis ojos, ahora me veía obligado a meter mi propio dedo en ellos por siempre jamás. Y gracias. Lo mejor era que iba a tener que soltar cincuenta y cinco mil pelas de las de entonces para adquirir el objeto con el que me iba a autotorturar. Y la verdad es que las lentillas no me decepcionaron, tanto es así que a los pocos meses fui a la consulta del oftalmólogo a pedirle de rodillas que me operara.
Al final uno acaba acostumbrándose a todo, y la técnica avanza lo que no hay escrito. Las lentes que llevo ahora, por las que me han soplado 450 pavos de los de ahora, molestan muchísimo menos. La mayor parte del tiempo ni me entero de que las llevo puestas.
Una de las jodiendas de usar lentes duras es que tienen la manía de perderse continuamente. Uno de los motivos por los que se pierden tanto es el modo de quitárselas, consistente en estirar el ojo por su comisura exterior y cerrar el párpado más o menos violentamente para que salga despedida. Con el tiempo uno le va cogiendo el truco, se perfecciona la posición del ojo durante la maniobra, o la fuerza exacta con la que hay que cerrar el párpado para que la componente horizontal de la velocidad lleve la lente a la mano que la espera. Pero al principio aquello parecía como lanzar al aire un avión de papel, nunca sabía qué trayectoria seguiría. A veces salía lanzada hacia delante a gran velocidad, y empezaba a rebotar como una pelota de goma. Yo agudizaba el oído para conocer lo más exactamente posible por donde detenía su movimiento, método que casi nunca funcionaba. Era increíble donde le daba por colarse al trozo de polímero de las narices. Una par de veces tuvimos que desmontar el lavabo, porque había ido a parar justo a la unión entre este y la pared, colándose por una rendija de unos dos milímetros de espesor. Otra veces, por el contrario, la parábola que describía era insuficiente y se me colaba entre la mano y el cuerpo. En estas ocasiones era mucho más sencilla de encontrar. Todavía hay veces que la cosa falla, porque el estado en que se encuentra el ojo también juega su papel, y eso no es siempre sencillo de valorar. Un ojo demasiado seco suele despedir la lentilla con bastante velocidad, y uno demasiado húmedo hace que sea bastante complicado el quitársela.
Cuando el ojo está demasiado seco, la probabilidad de que la lentilla abandone el ojo por propia voluntad aumenta. Eso me ocurrió hace un par de meses en un concierto del Mägo de Ôz, y ya lo comenté por aquí. Hoy me ha vuelto a ocurrir:
Eran las dos y media, ya me quedaban sólo treinta minutos para largarme del curro, cuando de repente siento que la lentilla del ojo derecho decide que quiere conocer mundo. En el tiempo que tarda mi sistema nervioso en reaccionar, muevo mi mano hacia la cara para atraparla, no lo consigo, pero la hostia que me doy a mi mismo es digna de ganar cualquier concurso de vídeos domésticos. Afortunadamente mi compañero se acababa de ir ahacer unos trámites burrocráticos, y mi jefe había salido a hacer cosas de jefe, por lo que nadie lo vio. Eso hace que duela menos.
No debe estar muy lejos, me digo, y comienzo a mirarme la ropa para ver si anda por ahí enganchada, pero no la encuentro. Bueno, ha sido al pestañear y parece que ha ido hacia delante, o igual le he dado con la mano y la he desviado. Busco entonces por la mesa, levanto el teclado, miro entre las teclas, lo pongo boca abajo y lo sacudo. Allí caen pelos como para repoblar la cabeza de John Locke el de Perdidos (pedazo de serie, vive dios), pero la lentilla no aparece por ninguna parte. Levanto los papeles, miro dentro de la lata de Coca Cola vacía, en el vaso de café. Nada, no está en ningún sitio. Entonces me pongo de pié, y me sacudo la ropa para ver si cae, miro en la silla, debajo de la mesa, debajo de la cajonera. Nada. Vuelvo a la mesa, vuelvo a sacudir el teclado, vuelvo a mirarme la ropa. Nada.
Me detengo, cojo el teléfono y llamo a mi novia:
- No te lo vas a creer, se me acaba de caer la lentilla y no la encuentro por ninguna parte.
- No me digas, bueno, tranquilizate, tómatelo con calma, pero no salgas de ahí hasta que no lo hayas mirado todo.
- No pensaba hacerlo, pero lo único que se me ocurre ya es quitarme la ropa. Pero no me atrevo a ir hasta el baño. Si la tengo enganchada y se me cae por el camino entonces es ya cuando no la encuentro en la vida.
- Es verdad, pero si no la encuentras por ahí hazlo, es lo que queda.
- Sí, es lo que queda.
- Oye, ¿el Codecrouncher no será uno que tengo enfrente con una camiseta de Firefox?.
- No se, pero yo creo que tiene todas las papeletas…, en fin, yo sigo buscando.
Ahora estoy más tranquilo, y vuelvo a mirarlo todo. No queda otra, me voy al baño a quitarme la ropa.
Me quito el polo y lo sacudo, no sale nada. Entonces voy a por los pantalones, pero antes debo quitarme las botas. Empiezo por la izquierda, me la quito y la voy a dejar en el suelo cuando me asalta la duda. ¿Y si está ahí?. Levanto la bota, miro dentro. No veo nada pero por si acaso la sacudo un poco y…, SU PUTA MADRE, ESTABA DENTRO DE LA BOTAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.
Sólo podía haber llegado ahí de una manera. Cuando me pegue la hostia casi seguro que toqué la lentilla, porque si no es imposible, por la forma de la cara, que se meta por el cuello del polo, como ocurrió. Una vez en el interior de la ropa, fue sorteando pelos hasta llegar al borde del pantalón. Todo eso ocurrió, sin duda, antes de que me levantara, llevo el polo por fuera y si me hubiera levantado antes la lentilla habría caído al suelo. Una vez me puse de pie, la lentilla siguió su camino ayudada por la gravedad, y se coló por la pernera izquierda del pantalón. En mis continuas y convulsivas sacudidas, fue bajando y bajando, sorteando más pelos, hasta llegar a la bota, donde terminó su viaje.
Esta vez he conseguido atraparla, pero a fe mía que esta lentilla está viva y lo volverá a intentar. Aunque ya tiene un sitio menos donde esconderse.