Volvía del curro para reponer fuerzas a casa, obligado por ese estúpido horario que tenemos en España. Había adelantado la salida treinta minutos, tenía que recoger en la oficina de correos de mi barrio la Guía del Autoestopista Galáctico, libro cuya no lectura por mi parte, representaba un borrón imperdonable en mi CV cificionero. Hacía tiempo que lo buscaba, pero no se editaba desde 2002, aunque lo cierto es que eso como excusa vale poco, así que si estáis pensando que no había puesto mucho empeño en la causa, probablemente no os equivoquéis. Supongo que aprovechando la peli lo han vuelto a poner en circulación, lo que ha facilitado que me lo agenciara. POR FIN. Ya sólo me quedan unos cuarenta o cincuenta borrones, entre los que se encuentra todas las pelis de los años cincuenta o sesenta. He visto alguna que otra, pero sólo me acuerdo mínimamente de Soylent Green y La Invasión de los Ultracuerpos. Ahora que no me ve nadie, y que me he acordado, voy a ver si consigo hacerme con una copia privada, sin ánimo de lucro, de unas cuantas mula mediante.
Bien, el caso es que ahí iba yo, en mi querido autobús blanco y azul cual bandera de Huelva, absorto en la lectura de los tres diarios que habían tenido a bien regalarme esa misma mañana cuando bajé del mismo medio de transporte. Siempre sigo la misma rutina, cojo los periódicos que amablemente me regalan por la mañana al soniquete de hola buenos días, y los leo a la vuelta, empezando por el 20 minutos y terminado por el Qué. Estaba todavía por las primeras páginas del 20 minutos cuando mi aracnosentido me avisó de que alguien se acercaba a mí con trayectoria decidida. Levanté la cabeza y vi a una persona con Síndrome de Dawn cuyo sexo no fui capaz de distinguir, que se sentó con decisión a mi lado, girado totalmente hacia mí. Se inclinó hacia delante, pegando su cuerpo bastante voluminoso contra el mío, dejándome encajonado entre él y la ventana. Tras dudar unos segundos, el maromo me preguntó por mi nombre, le contesté, y el me dijo el suyo, Jose (por eso lo de maromo), tras lo que chocamos nuestras manos. Me llamó la atención su tono de voz, algo afeminado, y su aspecto, a medio camino entre chico y chica. Eso, y su actitud hacia mí me hizo sospechar algo que me pareció insólito en una persona con Síndrome de Dawn, que era homosexual. El se encargó de sacarme de dudas, me preguntó si tenía novia, a lo que contesté afirmativamente. Ante mi respuesta bufó contrariado, pero me miró de nuevo y me preguntó si quería ser su novio. Y en esas estuvo todo el viaje. Y no, no voy a contarlo con pelos y señales porque, aunque el viaje fue para contarlo, no voy a mofarme de un alguien al que la naturaleza le ha dado, tal vez, un cromosoma más de lo que hubiera sido deseable.
En cualquier caso, creo que lo más importante de esta experiencia ha sido sorprenderme a mí mismo, no tanto por descubrir que entre estas personas también existe la homosexualidad como por el hecho de que jamás lo había imaginado.