Andábamos mi novia y yo el pasado sábado en una extraña vorágine consumista, tal fue que acabé en mi casa con un deuvedé capaz de reproducir los formatos más insospechados. Puede parecer poco, pero para mí gastarme más de 30 pavos de golpe es todo un hito. Digno de ser registrado para la posteridad. De hecho, el domingo me lenvanté tempranito para comprar toda la prensa, y así ver los distintos puntos de vista con que daban la noticia, pero no encontré nada, probablemente la informática les ha jugado una mala pasada, como cuando Ana Rosa.
Pero bueno, que me pierdo, el caso es que fuimos de un centro comercial a otro, terminado la jornada en el Decathlon de Camas con la sana intención de comprar unas botas Qechua (marca sacada de la lengua que puchaban los Incas) que mi novia había visto hacía un par de semanas por catorce con noventa.
Pasada toda la liturgia de compra de calzado, es decir, miro los colores, cojo un par de números, uy este me aprieta, en este otro me patina el pie, eso es por el tipo de calcetines…, buscar algún ejemplar con el precio marcado sin éxito (ojo, este es un dato importante en la historia) y declarar un vencedor, nos paramos frente a la cajera previo rato considerable en la cola. La chica trinca las botas de la cinta, mete el código y obtiene el precio. Yo estiro el cuello todo lo que puedo para conseguir ver el display de la caja, pero desisto porque es imposible. La chica, sin mediar palabra me pide el dinero. Yo, que soy cortito de mente y lento en pensamientos, barrunto algo, y pienso que es muy raro que la cajera no haya dicho ni mú. Le doy veinte pavos, los mete en la caja y coge algunos cuartos para devolverme. En cuanto veo las monedas en su mano pienso: menos de cinco euros, alerta amarilla. Segundos después he sumado dos y dos, y me dispongo a reclamar el resto, entonces es cuando advierto que mi novia está hablando con la cajera: oye, que las botas están de oferta y el precio marcado en la estantería es catorce con noventa. Menos mal que uno de los dos tiene reflejos. Así que llamada a la encargada para comprobar si “nuestros números con correctos”, una vez comprobado, aceptación de culpa y excusa uy, vaya por dios, eso es que no han metido bien el precio en el ordenador. Claro, y en dos semanas enteras no os habéis dado cuenta del error. Ahora tenéis que ir a recepción a que os devuelvan el dinero.
Vamos a recepción, parcialmente cabreados, ¿por qué la pava, con una caja llena de doblones, no puede deshacer la operación y darnos los dos pavos que faltan? Cuando llegamos a recepción la situación pasa a cabreados, nos encontramos una generosa cola de personas bufantes, a la que nos unimos en coro. Casi todas han tenido el mismo problema que nosotros, disparidad entre precio marcado y precio cobrado. Allí, entre bufido y bufido, una señora nos explica que ahí lo que van a hacer es darnos un vale, y que con ese vale tenemos que darle la vuelta al mostrador, que es circular, y pedirle a una chica que ahora tenemos de espaldas que nos de lo que es nuestro. Por supuesto allí hay otra cola con un volumen de bufidos muy superior al de la nuestra. Pero cuando nos llega el turno, mi novia dice: FIIIIRMEEEEES, a mí me das el dinero ya o se os cae el pelo. Por alguna razón que no alcanzo a comprender lo consigue, así que nos libramos de la Fase 3. Probablemente, de haber descubierto la diferencia de dos pavos de la factura ya en el coche no nos habríamos vuelto.
Pero no queda ahí la cosa, ayer fuimos al Café de Indias de la esquina de República Argentina con Sánchez Arjona. De seis a nueve hay una oferta de 2×1 en las tortitas con nata. Yo no soy muy goloso (no que vaaaa) pero una oferta es una oferta, así que miro a mi novia con cara de cordero degollado mientras digo: ¿las pedimos??Las pedimos?. Tras un rato de camarero pasando de uno como de aquello que los perros hacen en las aceras, conseguimos captar la atención del mismo, tarea para la cual es necesario cargarse un cenicero o cualquier otro objeto cercano cuya fragilidad lo permita. En servirnos no tardan demasiado, el tiempo razonable dado que tienen que hacer las tortitas, y las tortitas estaban bastante buenas. Pero llega la hora de la cuenta, en la que se vuelven a hacer los remolones. Para mí, lo de que los camareros se olviden de tu existencia cuando les vas a pagar es uno de los grandes misterios de la humanidad, lo tengo colocado justo entre el de ¿por qué no hay estrellas verdes*? Y el de ¿Por qué la gente mira hacia el sentido en que se mueve el ascensor, cuando ahí lo que está es el techo o el suelo del mismo? En esta ocasión, lo que cae es un plato, instantes después tenemos la cuenta delante de nosotros: Café 2xnosecuantos nosequé, Tortitas con nata 2×3 euros 6 euros, Total, 8 con nosecuantos. Sin decir palabra esperamos a que vuelva el tío a por la guita, esta vez no hay que romper nada, vuelve pronto. Entonces le preguntamos, señalando la pizarra donde tienen puesta la oferta, de la que “casualmente” estamos debajo, si no estamos dentro de la franja de la oferta. Anda, sí, es verdad, es que mi compañero se ha equivocado y ha marcado dos en vez de una. A lo que contestamos, Vale, no pasa nada, que al fin y al cabo esos tíos están allí puteados cobrando tres cuartos.
Lo que saco en claro de todo esto es que parece haber un nuevo tipo de oferta, la Oferta, pero sólo si te das cuenta.
* Si algún lector de cultura insondable ha pensado pero que dice este pedazo de imbécil, claro que existen las estrellas verdes decirle que lo sé. Se trata de una bromilla privada.