Sí, lo confieso, y rezo tres avemarías si alguien se siente más tranquilo: me gusta tomarme unos cubatillas o unas cervezas en la calle con los colegas. En realidad, pasando la treintena que estamos casi todos, tenemos la costumbre bastante abandonada. Hemos cambiado, como supongo que harían nuestros padres, y nuestros abuelos antes que ellos, la calle por el sofá y la mesita de las revistas. Conozco muy bien de donde me viene este ramalazo incívico y algo gamberro, no me gustan nada los lugares ruidosos, odio el humo del tabaco y, para que lo voy a negar, con el dinero que llevaba en el bolsillo en los tiempos en que me reunía con los colegas no me daba ni para pipas, lo mismo que a ellos. En la calle te puedes tomar dos o tres pelotazos y no tienes que vencer con tu voz a un altavoz, que parecerá una tontería, pero es que es más grande que yo, leñe.
La botellona, que es como se ha llamado en Sevilla de siempre, al contrario de lo que se pueda creer, tiene su ciencia. Y que conste que he hecho botellona con más de un grupo de gente. Todo se basa en la compra de un lote, al menos en mis tiempos, dado que ahora lo de vender el lote se prohibió para mayor gloria de Mercadonas, Carrefours o Días, que no digo que tengan que ver, pero es obvio que se beneficiaron. El lote incluye una botella de alguna bebida con alcohol destilado, normalmente ron, güisky o vosca, otra de refresco y una bolsa de yelo. Por supuesto previamente la peña se junta por preferencia en bebercio y se ha dimensionado la cantidad que hay que comprar, a la razón de tres o cuatro individuos o individuas o ambos inclusive* por lote. Una vez hecho el negocio, uno se dedica a dar buena cuenta mientras resuelve los problemas del mundo, o habla de procesos de formación de supernovas, ya sabéis, compresión en los primeros instantes a velocidad gravitatoria (la de la estrella, claro), rebote en los entresijos que manda a tomar por culo las capas externas y todo eso, durante varias horas. Y oye, que lo que digo es totalmente verídico. Aunque se pueda pensar que no, la botellona es un invento de estudiante universitario, y es practicada con asiduidad por él. Tanto antes como ahora, aunque se haya extendido.
Por supuesto, de vez en cuando aparecían un par de futuros incluidos en la lista de espera para transplantes de hígado, que querían un lote para ellos. El resto, con una botella para tres o cuatro tomada durante un par de horas, como que no acabábamos precisamente abdrazando fadrodlas, diciendo aquello de que do nodtoy bodacho ni ná o pidiendo un bolibrafo para apuntar el teléfono de alguna chica con la que creíamos haber ligado.
Así que no, decir que la botellona es cosa de un puñado de jóvenes que se ponen como cubas, mientras rompen el mobiliario público y escuchan a toda potencia el último disco de David Bisbal no se ajusta del todo a la realidad, aunque en alguna zona ocurra.
Ahora bien, otra cosa es la que se ha montado en las últimas semanas con la competición esta entre ciudades para ver quien la montaba más gorda. Es curioso porque en Sevilla, que es donde parece que hemos inventado lo de las macrobotellonas, el fenómeno parece estar en receso. Pero claro, los periodistas, tan avispados ellos, se han enterado de la película cuando se han reunido cinco mil, en lugar de cuando unos meses antes lo hicieron decenas de miles, o en estas fechas, el año pasado, setenta mil. Alguien podrá pensar que esto surge de forma inevitable auspiciado por la tecnología, pues no, al menos en Sevilla hubo algo más que sirvió de catalizador. En marzo, todos los años, las facultades organizaban la tradicional Fiesta de la Primavera , para sacar unas perras con las que financiar algo del viaje del Paso del Ecuador. El caso es que alguien tuvo la genial idea de registrar el nombre Fiesta de la Primavera, y se dedicó a lanzar leguleyos por doquier para que ninguna facultad se le ocurriera montar la fiesta por su cuenta, sin contar con él. Al principio se apechugó, pero las condiciones eran tan leoninas que la fiesta casi se va al garete, o se fue. Pero la gente, viendo que llegaba la fecha y no había carteles, se dedicó a organizarse por su cuenta tirando de móvil, mensajería instantánea o emilio. Y viendo que aquello era bueno, decidieron multiplicar el número de eventos a finales de exámenes, navidad o lo que se terciara, que pal cachondeo cualquier excusa es buena.
El caso es que, evidentemente, la cosa está desmadrada, aquí parece que remite, pero quien sabe si no es sólo una caída momentánea. Cuando la gente tiene que aparcar el coche cuatro barrios más pallá e ir andando hasta su casa porque la calle está tomada por decenas de miles de estudiantes es que algo falla de mala manera. Pero, sinceramente, me molesta este uso y menosprecio de los jóvenes, esta carga de la culpa en el más débil y estas explicaciones simplistas del asunto. En este post he enumerado tanto las ventajas de la botellona, como algunos impulsores de la macrobotellona distintos a las ansias de emborracharse de los jóvenes. Porque se pongan como se pongan, la mayoría no acaba por los suelos ni todos escuchan a Bisbal.
También ha surgido la comparación entre el joven español, preocupado por su “derecho a beber en la calle” y el francés, que corre delante de la policía protestando porque les van a endiñar una ley laboral que sigue siendo bastante más dura que la de aquí. Es una comparación falaz, que corran delante de la poli no significa que no se reúnan para beber igual que los de aquí. Obviamente, allí el tiempo acompaña menos y por eso buscan alternativas a la calle, pero de vez en cuando se ponen tibios por lo que me dicen algunos que han estado de orgasmus por allí, y corrobora el ganador del concurso del 20 minutos. Los jóvenes siempre se han reunido y han bebido, sean revolucionarios o pusilánimes. Esa es otra historia.
* Acabo de darme cuenta que con el lenguaje no sexista, aunque muy imbécil, es complicadísimo expresar que individuos o individuas estén mezclados y no separados, en fin, esclavos de las gilipolleces de tres tontolabas o tontalabas que estamos